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Sebastián Lelio: «Son tiempos de tirar y abrazarse para los exaltados»

A propósito de su fallecimiento, recuperamos esta entrevista realizada en mayo de 2019 y publicada originalmente en La Segunda. Entonces, el cineasta acababa de ganar el Oscar por Una mujer fantástica y conversó sobre el éxito, el cine como manifiesto político, el feminismo, los extremismos y el erotismo. Una conversación que permite volver a escuchar su voz y su particular manera de mirar el mundo.

Por Lenka Carvallo Giadrosic.


Screenshot

Instalado en la mesa más discreta y con mejor luz de un bar en Providencia, escogida —obviamente que por él— como locación para esta entrevista, Sebastián Lelio se remueve en el asiento. Da la impresión de que ante sus ojos todo se desarrolla sobre un guión perfectamente establecido, uno en el que este director todo lo controla, o no absolutamente, cuando se trata de una entrevista.

Su encargada de prensa comenta, así como al pasar, que no le gustan de preguntas personales (el director se acaba de separar y ese no es un tema al que vaya a referirse, como tampoco sobre la relación con su madre y que, dicen, marcó su tendencia a contar las historias de mujeres fuertes).

El director de cine más exitoso de nuestro país, con varias estatuillas a su haber, entre ellas un Oscar y un Oso de oro, ambas por Una mujer fantástica (2017), filme que se convirtió en pancarta de la libertad de género; y Gloria, que se anticipó al tsunami feminista. Hoy Lelio está en las carteleras mundiales con Gloria Bell, producida y protagonizada por Julianne Moore.

Lelio lleva una polera discreta, de un color indefinible entre azul y negro, sin marcas ni nada estampado, jeans oscuros, zapatillas en el tono, propio de quien prefiere moverse detrás de escena. Sobre la mesa deja boca abajo su celular, a un costado un par de audífonos, todo negro, y de una sola mirada echa a rodar la primera escena de esta conversación.

—Escuché por ahí que tienes guardado el Oscar en un cajón. Acá en Santiago. ¿Es cierto?

—En alguna parte había que dejarlo ¿no?

—¿Pero en un cajón? El primer Oscar para una producción chilena después de la Historia de un oso (2016). ¿Qué diría de ti un sicoanalista?

—Primer Oscar de un largometraje en habla no inglesa (corrige ante el logro de Una mujer fantástica). No sé… ¿Qué te puedo decir?

—Cualquiera tendría la estatuilla en un lugar especial. ¿El Oso de oro de la Berlinale también está guardado en ese cajón?

—No… (Los premios) están en distintos lugares, no muy visibles. No podría tener una repisa con todas las estatuillas… ¿Qué hago con todo ese metal?

Agrega:

—Siempre me acuerdo de Michael Phelps (el deportista olímpico más condecorado de todos los tiempos). Para nadar él no se pone todas sus medallas. No es que me esté comparando, pero no me permito distracciones; a la hora de trabajar quiero tener el Oscar en un cajón, eso es todo. ¿Encontrai que estoy loco?

—Para nada. Cualquiera en tu lugar habría tenido que doblar las horas con el sicólogo o buscar un buen terapeuta. El éxito a veces puede ser demoledor.

—No sé si una entrevista sea un lugar para compartir eso, es demasiado personal… Pero estoy muy agradecido. Este premio de la Academia es el gran regalo de la vida, y un triunfo colectivo también. Me dejó en un lugar distinto. Pero lo que me interesa es lo que viene y en ese sentido me siento en plena expansión, está todo work in progress, ¿me entiendes?.

Lelio ve la vida como una sucesión de planos. Su forma de comunicarse está representada de imágenes y metáforas. Por ejemplo:

“El cine es como la nave en la que cruzo la vida, es mi interface. Decidí habitar ahí, y ese es mi compromiso. Una película -lo sepa o no el director o la directora- es siempre un manifiesto ético y estético”, dice.

O: “Mi dispositivo de comunicación con el mundo son las películas, es un gesto tan público, tan fuerte, es una especie de batería cargada con tantas cosas, llena de contrabando; mi visión del mundo, ética, estética, está todo ahí, ¿para qué más? Podría casi que desaparecer detrás de esas bombas”.

—No me puedo imaginar tu nivel de autoexigencia.

—Me levanto y me acuesto pensando en la película en que estoy metido. Es extremadamente importante para mí. Pienso en las miles de miles de decisiones que implica. Todo es una decisión, un «sí» o un «no» a algo, y de toda decisión hay una vida dedicada a aprender a responder esa pregunta. Es una sinfonía.

—¿Dudas en algún momento?

—Todo el rato, es la especialidad de la casa.

—Dicen que la duda es compañera de la obsesión.

—Yo creo que hacer una película es la mezcla perfecta entre el máximo escepticismo y la máxima fe. Entre el auto-análisis despiadado y la esperanza a ciegas.

—Al menos en tu caso te ha dado resultados.

—Y estoy muy agradecido. Que las películas hayan logrado estar en el mundo, instalarse como objetos culturales que la gente puede tomar; como hacer un parque, una ciudad: queda, ¿me entiendes? La gente puede habitarlo, es de todos, para bien, para mal; pueden regar los árboles o cortarlos, pero está ahí, ya se instaló, está en el imaginario. Ser testigo de cómo las películas se derraman de la pantalla y se chorrean hacia el tejido social es alucinante.

Luego, a propósito del tema dirá: “El cine tiene el deber de ser incómodo”.

—No siempre. Ahí está Avengers que arrasa en el mundo.

—No he visto la última. Pero eso es un manifiesto de lo que el cine puede ser. Ahí tienes una gran propuesta política, un manifiesto de tres horas y dos minutos, a todo cuete, con un montón de súperheroes. O sea, estoy esperando ir a ver Avengers. Es un fenómeno cultural y una forma de entender los tiempos que corren.

EL MANIFIESTO

“Soy un ciudadano, y estoy atento”, afirma ahora sobre su mirada política. “Estamos en un momento tan eléctrico. Es una encrucijada evolutiva”, advierte.

Agrega:

—Este 2019 no es tan distinto a 1919, eso es lo loco. El clima político, en general, parece favorecer el resurgimiento de los exaltados, de las posiciones extremas, que se entrometen a la primera crisis. Es peligroso porque están reorganizándose, reconociéndose, se están oliendo en Twitter. A la primera crisis, si nos distraemos, ¡pum!, vamos a despertar en la granja de Orwell. Por eso los que nos dedicamos a la cultura tenemos que decir “¡despierten!”; y hacerlo con todos los gestos, de todas las maneras: desde la comedia hasta la forma de arte más solemne.

—Hay gente culta, con buena educación, que sin embargo hoy sintoniza con posturas ultra.

—Son los extremos los que aparecen. El fundamentalista de izquierda ha surgido con fuerza, al igual que la gente a la que le gustan los bototos de milicos. Son tiempos de tirar y abrazarse para los exaltados.

—¿Por qué ahora?

—Es la reacción a la conquista de los derechos civiles. Como sucedió en los ’70 y ’80 con toda la liberación… Fue tanto que hubo que devolver el péndulo para el otro lado.

—¿Cómo ves el caso de Chile?

—Acá no es muy distinto. El surgimiento de los exaltados, la oportunidad que esos sectores tienen de entrometerse en la discusión, cuando ni siquiera deberían ser considerados, está declarada.

—Estamos viviendo grandes procesos ideológicos, sociales, políticos… ¿Cómo ves el caso de las mujeres y la oleada feminista?

—Tiene que ver, porque el arrinconamiento de lo femenino es lo que nos tiene enfrentados al potencial despeñadero.

—¿A ver?

—Es el imperio del rascacielos y el misil, si entiendes mi analogía, lo que nos tiene al borde de la destrucción ecológica, de la inviabilidad de la coexistencia social. Entonces, es lo femenino lo que ha sido acorralado. Y, en ese sentido, creo que hay algo detrás de la reivindicación de la mujer: es la recuperación de lo femenino en la humanidad, en el hombre también. Y por eso es tan importante lo que está pasando.

—Christine Lagarde, directora del FMI, dijo que de haber sido Lehman Sisters en lugar de Lehman Brothers, no habría ocurrido el gran desastre económico de 2008 …

—Aunque uno de los errores históricos es pensar que la minoría oprimida, por el hecho de ser oprimida, es buena. Las clases proletarias del Manifiesto Comunista, por ejemplo: «Cuando las clases proletarias alcancen el poder, el mundo será mejor». ¿Porque los oprimidos tienen que ser los buenos? El siglo XX probó que era una falacia, y me parece que eso es aplicable a todo, incluso a las mujeres.

—¿Te preocupa que se instale un cierto autoritarismo femenino, es eso?

—Me parece fascinante la discusión. Lo que está pasando es realmente alucinante. La mezcla perfecta entre la sensatez de un balance, de un nuevo orden que es completamente necesario y urgente, y la demencia total. Como prohibir el beso en la mejilla. Lo he leído, acá hay que gente que quiere vetarlos.

—Ya se hizo con los piropos.

—Eso es aún más grave porque se convirtió en ley. Y Lavín fue el primero que lo implementó. Andaba por ahí diciendo: ¿A usted la piropearon? La acompaño, ¿cómo se siente?». Me parece ridículo. Hay que construir los dispositivos para que esto se discuta, nos eduquemos y tengamos estas conversaciones, pero no podemos aspirar a una sociedad de palmaditas en la mano, como si no pudiéramos guiarnos por nuestras propias brújulas. No quiero vivir en ese mundo, eso es lo que te quiero decir.

—¿No estás de acuerdo entonces con el #MeToo?

—Ese movimiento ha sido tan fuerte que ya genera una conciencia distinta, en el sentido de que tenemos que re-aprender a relacionarnos. Otra cosa es que aparezca un tipo con un jockey rojo y un pito y que te silbe en la calle y te diga «¡No! Usted no puede decir ‘mijita'». ¿Me entiendes? Deserotizar el espacio público es, en el fondo, deserotizar la vida. Es una extraña forma de dictadura, de control. Otra cosa son los delitos, ¿Pero la sensualidad en la vida, andar con miedo, andar pisando huevos ante el impulso de dar un beso? Yo no quiero que nadie tenga miedo a decirme lo que quiera, sea del sexo que sea. No habría erotismo si alguien no pasa un poco el límite. En algún minuto tienes que acercarte y besar al otro; no puedes pedir permiso, no puede haber una aplicación que diga «¿Puedo besarte? Sí. No». Si eso ocurre, I am out.

El erotismo es lo que nos hace humanos; una construcción psíquica y cultural, ritual. Creo que es Breton el que dice que es una ceremonia suntuosa celebrada en un sótano. Mira lo fuerte que suena esa frase.

—Lo oculto, lo escondido, como el Oscar que guardas en un cajón.

—Jajajá…Ya he dicho mucho. Dejémoslo hasta aquí. Corte.

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