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Francisco Javier Cuadra: Non Plus Ultra

Después de casi una década sin dar entrevistas, el hombre del cometa Halley, quien en 1995 denunció drogas en el Congreso, ex vocero y estratega comunicacional de Pinochet, ex embajador en el Vaticano y quien fuera rector de la Universidad Diego Portales, desclasifica todos sus archivos. Y en estas páginas emerge con un diagnóstico claro: “Estos últimos 10 años son lo más parecido a la anarquía de 1929”, dice por el tiempo comprendido entre los segundos mandatos de Bachelet, Piñera y Boric.

Por Lenka Carvallo Giadrosic para Revista D. Fotos: Bárbara San Martín.

05/06/2025

Más delgado y canoso, Francisco Javier Cuadra (70) aún conserva la impronta a lo Clark Kent con que a los 29 años se convirtió en el ministro más joven del gabinete de Augusto Pinochet. Hoy vive hacia el interior de Santo Domingo, rodeado de sus libros y a salvo del mundanal ruido y monitoreando junto a la chimenea el panorama político, económico y social de Chile y el mundo.

“Me vine para acá al terminar la primera cuarentena de la pandemia. En Santiago vivía en un departamento, pero me desesperé al descubrir que no sabía cocinar y que tenía problemas hasta para encontrar pan… Mi hija mayor (tiene 8 hijos, entre 41 y 28 años, más 13 nietos) me ayudó y partimos con todas mis cosas”, dice Cuadra sobre lo que debe haber sido una mudanza épica: trasladó esculturas griegas, los bustos de sus próceres, tapices, cuadros y su famosa biblioteca. “Aprendí a hacer algunas cosas básicas y viene una señora que me deja preparada la comida. No necesito más”.

Quien fuera el vocero de Pinochet, embajador en el Vaticano y rector de la Universidad Diego Portales, lleva años dedicado a la estrategia y manejo de crisis a través de su consultora, Identitas, con varios clientes nacionales e internacionales.

“Ricardo Lagos fue el último gran presidente. Ahora estamos viviendo una década inconsistente, con una falta de solidez que va desde los hábitos de la política hasta las instituciones, y que representan los gobiernos de Bachelet 2, Piñera 2 y Boric. Estos últimos diez años son lo más parecido a la anarquía que hemos vivido desde 1929”.

—Así que todo parte en el 2014, con Michelle Bachelet. ¿Por qué?

—Bachelet introdujo vetas de anarquía y alteró profundamente la normalidad de la economía y la política al implementar reformas como la tributaria —que distorsionó el curso que traía el país desde hacía décadas—, sumado al planteamiento de cambios constitucionales y los famosos cabildos abiertos que, cuando se escriba la historia, serán reconocidos como un factor de inestabilidad política. Las reglas institucionales se llevaron a la nada y se perdió el carácter presidencial. La cumbre fue el estallido de 2019, que Piñera no supo ver, menos adelantarse ni controlar.

¿Podía adelantarse?

—O sea… ¿Acaso vamos a creer que eso fue espontáneo, que unas personas iban pasando justo por la calle y de repente todos comenzaron a manifestarse, a causar desórdenes? Las revoluciones se preparan, se dirigen, se controlan y abastecen. Y yo creo que aquí hubo intervención extranjera desde Venezuela, devolviendo el error táctico, de carácter estratégico que cometió Piñera al ir a la frontera con Colombia, en una acción política ideada por el Departamento de Estado de EEUU. Él desafió al gobierno de Maduro y todos sabemos que la mano de la dictadura venezolana es larga y la controlan los cubanos.

“A Evelyn siempre le pasan esas cosas”

—¿Cómo se explica que en Chile existan dos candidatos de derecha extrema? Es algo que no pasa en ninguna otra parte del mundo.

—Es un síntoma más de la crisis política de esta década. Basta con mirar también al otro lado, en términos de comparación, con lo que pasa en el Frente Amplio y su relación con el dinero, qu es la raíz de la corrupción que estamos viviendo en estos días. Todo esto demuestra un gran desorden de valores.

Usted conoce hace tiempo a Evelyn Matthei, desde que estaban en RN. ¿Cómo observa su carrera a La Moneda?

—Sí, la conozco. Su marco teórico es la economía y su entorno familiar y amistades están ahí. Tiene una gran experiencia política, parlamentaria, ministerial, en temas más bien sociales. Creo que la convergencia de Matthei y Kast puede ser virtuosa en el sentido de que una tiene fortalezas en economía y el otro en seguridad pública, que son precisamente las dos prioridades del país en este momento.

—¿Lo convence como candidata presidencial?

—A pesar de algunas dificultades, se ha mantenido como la primera opción. Ahora, en cuanto a los datos electorales, en la última municipal de octubre —la única con voto obligatorio hasta ahora–, Chile Vamos casi dobló en votos al conglomerado que lo sigue, que es Republicanos. Así que hay muchas posibilidades.

—Ahí Johannes Kaiser todavía no era tema. ¿Qué le parece el candidato libertario?

—Se asemeja más a una creación comunicacional. Creo que será una estrella fugaz y eso las estadísticas lo están demostrando. Si pensara con más frialdad y los pies en la tierra, se bajaría. No me convence la iniciativa nacional libertaria. No veo un equipo de técnicos y profesionales capaces ni quién está detrás realmente.

Foto: Bárbara San Martín.

—Usted conoce hace tiempo a Evelyn Matthei, desde que estaban en RN. ¿Cómo observa su carrera a La Moneda?

—Sí, la conozco. Su marco teórico es la economía y su entorno familiar y amistades están ahí. Tiene una experiencia política, parlamentaria, ministerial, en temas más bien sociales. Creo que la convergencia de Matthei y Kast puede ser virtuosa en el sentido de que uno tiene fortalezas en economía, otro en seguridad pública, que son precisamente las dos prioridades del país en este momento.

—¿Lo convence como candidata presidencial?

—A pesar de algunas dificultades, se ha mantenido en la primera opción. Ahora, en cuanto a datos electorales, en la última municipal de octubre —la única con voto obligatorio hasta ahora–, Chile Vamos casi dobló en votos al conglomerado que lo sigue, que es Republicanos. Así que hay muchas posibilidades.

—Ahí Johannes Kaiser todavía no era tema. ¿Qué le parece el candidato libertario?

—Se asemeja más a una creación comunicacional. Creo que será una estrella fugaz y eso las estadísticas lo están demostrando. Si pensara con más frialdad y los pies en la tierra, se bajaría. La verdad es que no me convence la iniciativa ‘nacional libertaria’. No veo un equipo de técnicos y profesionales capaces ni quién hay detrás realmente. 

—Matthei fue muy criticada cuando dijo que “el golpe de Estado era necesario, y que eran inevitables las muertes entre 1973 y 1974”. Le hablaba al electorado de ultraderecha. ¿Se equivocó? La criticaron harto.

—Fue un episodio radial, en un lenguaje coloquial. Pero esa misma tarde dio una explicación razonable y fría, en la línea que siempre ha tenido. Luego se vio en las encuestas que esto no afectó. Fue un episodio más. A la Evelyn siempre le pasan estas cosas. 

—¿Pero en el fondo quién lo convoca más: Matthei o Kast?

—Tengo una muy buena relación con ambos. Son buenas personas y creo que sabrán entenderse a fin de año. Entonces votaré en segunda vuelta por el candidato de derecha con más votos.

—Usted se define como una persona a la que le gustan los gobiernos autoritarios.

—Es decir, yo nací políticamente de un gobierno autoritario, y lo soy más por razones culturales que por otra cosa. Para mí es el Presidente el que manda. Así progresan los pueblos. La historia de Chile es una demostración de la crisis de la clase política que tiene que ser resuelta por medios autoritarios. Pero tomar esas decisiones cuesta. Como le escuché decir alguna vez a Pinochet: es difícil cortar el queque.

—Hoy, según muestran las encuestas, cada vez hay más personas dispuestas a aceptar un gobierno autoritario, con tal de tener seguridad.

—Es una constante histórica que el sentimiento popular, que no es necesariamente racional, va cambiando según los momentos, la dirección del viento, la intensidad… Si ven que hay desorden e inseguridad, están dispuestos a sacrificar más libertades por un tiempo.

—¿Se podría repetir una dictadura?

—Todas las crisis políticas han sido resueltas con intervención militar. Y si las crisis del futuro no se resuelven bien por la clase política, que tiene el mandato del pueblo para tomar decisiones públicas, es perfectamente posible. Dependerá de los momentos. Ahora, la experiencia del post ‘90, en materia judicial, por Derechos Humanos, hace que en la doctrina de las Fuerzas Armadas hoy sea un tema porque tenemos personas que mueren en la cárcel, enfermos, viejos contra todas las normas actuales en materia de DD.HH.

—Está hablando de los violadores de DD.HH en dictadura…

—Sí, pero también ellos tienen derecho a que le apliquen las normas de DD.HH, o si no, entramos en una inconsistencia que tarde o temprano, nos va a rebotar… 

—¿Le perdonó a Sebastián Piñera que lo mencionara como uno de los cómplices pasivos?

—Creo que él tuvo una enorme frivolidad intelectual. Fue una injusticia histórica. Muchos de los civiles que trabajamos en el gobierno militar hicimos diariamente cosas muy concretas para avanzar hacia la democracia, con un costo personal grande. Quizá él no conocía eso… No recuerdo que Piñera haya levantado la voz para decir que se estaba cometiendo una violación de DD.HH cuando estuve 21 días encarcelado por la Ley de Seguridad del Estado. Era una materia tan necesaria de ser observada y no lo fue.

—Está hablando de lo que pasó hace exactamente 30 años, cuando dijo en una entrevista que en el Congreso había parlamentarios que consumían drogas. ¿Cómo recuerda ese episodio?

—La entrevista me la hizo Cristián Bofill (entonces director de Revista Qué Pasa) para un especial sobre los temas más relevantes para 1995. El mío era un análisis sobre la expansión del narcotráfico en Chile, en momentos en que organizaciones del Perú buscaban una salida de la droga a través de nuestro país, colocando cocaína de alta calidad en el mercado y también en el Congreso, algo que estos grupos siempre buscan. Ahí Cristián me preguntó si había parlamentarios que consumían y dije que sí. Me preguntó qué drogas y dije que cocaína… Pero mi tema no era decir si fulano consumía, porque que era un problema personal de ellos. Eso fue hace 30 años y desde el punto de vista intelectual estoy completamente satisfecho, porque como analista hablé de un tema que fue realidad, que se verificó y se cumplió. 

—¿Había redes de narcotráfico dentro del Congreso?

—Por supuesto. Nadie se acuerda, pero dos años después hubo un procedimiento judicial en el Tercer Juzgado del Crimen de Valparaíso, las instalaciones fueron allanadas y se detectó un tráfico del orden de 7 kilos de cocaína en el Congreso. Después no seguí más el tema porque me trajo muy malos recuerdos. 

—Andrés Allamand, que entonces era senador y presidente de RN, terminó salpicado con esta acusación…

Se encoge de hombros. Guarda silencio.

—Hay cosas de las que no voy a hablar públicamente.

—Y usted al final renunció a RN.

—Fue un episodio muy triste e injusto… Pero hay muchos detalles que no voy a ventilar nunca, como lo que pasó en los Tribunales de Justicia, donde vi muchas caras contradictorias. Eso lo dejo para el recuerdo de mis hijos. Mi consuelo político fue que el mismo parlamento que invocó la Ley Seguridad Interior del Estado después la derogó por ser contraria a las normas de DD.HH establecidas en el Pacto de San José de Costa Rica. Hoy esa ley no existe gracias, entre otros, a ese caso. Eso me deja en paz.

Foto: Bárbara San Martín.

Carlos Peña y el Cometa Halley

—¿Fue una injusticia también que en el 2005 tuviera que renunciar a su puesto como  rector de la Universidad Diego Portales? Fue después de una entrevista a Patricia Verdugo, cuando señaló que el Presidente Ricardo Lagos había sido detenido en 1986 para protegerlo de eventuales represalias por parte de los servicios de seguridad, después del atentado contra Pinochet.

—No fue una entrevista. Patricia me llamó para hablar sobre algo que habíamos conversado muchos años atrás, en una comida. Lo recordé, y al final del llamado telefónico, me dijo: gracias por la entrevista. Pero yo estaba respondiendo a un llamado telefónico… 

La nota fue publicada al par de días en el “Diario Siete”. “En la universidad hubo un movimiento minoritario de universitarios de izquierda, que rasgaron vestiduras con la típica actitud ética de las izquierdas. Para la universidad era un momento difícil porque estábamos entrando en el período de admisiones y preferí renunciar, como lo hice también con mi curso en Derecho. Los directivos de la facultad me pidieron que siguiera, pero me pareció que no correspondía porque, a fin de cuentas, era una realidad impuesta a la fuerza por un grupo de jóvenes y algunos profesores que me parecieron irresponsables. 

—¿Qué pasó con la relación con Carlos Peña? Al comienzo  de esta crisis él lo apoyó, pero luego fue uno de los que estuvo porque dejara la universidad. ¿Se rompió la relación en ese momento?     

—Después hemos conversado unas dos o tres veces pero con Carlos nunca fuimos amigos. Yo había llevado a Carlos al equipo de dirección de la universidad, como vicerrector académico y fue un muy buen decano en Derecho. Me parece una persona muy inteligente. Leo sus columnas con bastante expectación, porque es una mente muy lúcida en Chile, que aporta mucho al debate público; siempre tiene una entrada a los temas que me parece muy valiosa.

—Cómo no preguntarle por el dato pop: la operación Cometa Halley…

—Me impresiona, porque no tiene nada de increíble. Hice lo que cualquier gerente de comunicación corporativa habría hecho para su empresa. 

Y cuenta la historia:—En la planificación política teníamos previsto que el discurso del presidente, el 11 de marzo de 1986 estaría centrado en la inminencia de la aprobación de las leyes complementarias de la Constitución, que eran clave porque demostraban la voluntad del gobierno para avanzar hacia la democracia, particularmente el registro electoral. Pero pasó que un poco antes la comisión de estudios de las leyes  informó que no podría cumplir con la entrega de los borradores y yo ya tenía hecha la estrategia comunicacional. Estábamos en febrero y en la agenda no había nada importante. No me quedó otra cosa que revisar la carpeta de cultura y, en el capítulo de ciencia, estaba el cometa Halley, así que lo tomamos y lo potenciamos comunicacionalmente. Eso es todo. No inventamos nada. Y esto, que era una estrategia de medios de gobierno, al final resultó un éxito comunicacional, incluso las ópticas vendían unos anteojos especiales. Dí por tiqueado el éxito de la campaña cuando la Juventud de la Alianza Democrática (que se oponía a la dictadura militar y abogaba por la transición a la democracia) convocó a mirar el cometa Halley desde la Plaza Baquedano. A esas alturas la comisión de leyes complementarias nos había entregado el proyecto y retomamos lo que era nuestra agenda inicial. Todo esto de suponer de que en el gobierno militar todo era una estrategia de frialdad para engañar a la gente, ocultar las tragedias, y distraerla, no fue más que eso. La gente se equivoca rotundamente.

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